Lo tiraron a la calle sin nada porque tenía obesidad mórbida

Estaba a punto de pegarse un tiro cuando se entregó a Dios en cuerpo y alma. El día anterior había elegido una magnum para volarse los sesos por miedo a que una pistola de calibre más pequeño no lograra matarlo. Pero encontró en la Biblia consuelo para seguir viviendo. Sin embargo, y a pesar de su renovada fe, cuando llamo a la puerta de Manuel Uribe, todo son desconfianzas. Como si de un objeto de escaparate se tratara Uribe aparece tras la cristalera a ras de calle y tumbado, descomunal, inmenso, gigante. Sólo la cabeza asoma del edredón. Dos minúsculos ojos me miran, pero la puerta no se abre. Sólo al cabo de un rato, después de largas miradas y alguna mueca, Manuel se decide a tirar de la cuerda que cuelga junto a la cabecera de su cama y que hace saltar el pestillo. Como si de un objeto de escaparate se tratara Uribe aparece tras la cristalera a ras de calle y tumbado, descomunal, inmenso, gigante. Sólo la cabeza asoma del edredón.

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